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viernes, 27 de julio de 2018

NACIONALES

 "Chama" el cuidacarros 


Niños de la Calle
Pintura de la chilena Verónica Sánchez Stürmer.

Poesía 

Así como la piel
se va acostumbrando a extrañas unturas
y no se asfixia,
el alma se va acostumbrando
a muertes pequeñas
y sigue viva
Y así como el amor
se va demoliendo
en territorios
que  nuevas soledades erigen,
se sigue creyendo
en existencias necesarias
de otros seres
capaces de inventar
permanentes ternuras.


Gilma de los Ríos.


  • Para resguardar la identidad del protagonista y de sus familiares, utilizaré seudónimos en esta crónica.

Aquel muchacho que para muchos es uno más, tiene el cabello corto, color castaño, ojos pequeños, color miel, sonrisa franca, lleva una camisa beige, un pantalón caqui deshilachado y unas tenis blancas sucias, que por causa de los correteos se habían desgastado y, reflejaban su espontaneidad, simpleza e ingenuidad.

Apodado como “Chama”, este joven se despierta al salir el sol, en la banca del Parque de Palmares de la “ciudad de los mangos” (Alajuela) y se prepara para jugar con la patineta y la bicicleta que le prestan sus amigos diariamente.

No sabe leer ni escribir, ya que no fue a la escuela, pero sabe que para cuidar los carros debe tener los ojos bien abiertos. A este chico le encanta iniciar su jornada laboral a las seis de la tarde, cuando se va el “Guachimán” (guarda de seguridad), como le dice él y, terminarla a las nueve  de la noche, en los alrededores de Plaza Iglesias, cercana a la Escuela Guatemala, puesto que, “cierran el negocio” como expresa “Andrés”. 

Una tarde, a mediados del año dos mil dieciocho me encontraba en el “Río Cochino”, por la zona de “Punto Rojo”. Estábamos sentados cuatro personas: dos mujeres y dos varones. Mi camarada tenía aproximadamente veintiún años. Consumimos drogas; marihuana y licor especialmente. Luego, nos pusimos todos de pie, caminamos unos metros hacia arriba y después me fui a hacer el amor con mi novia y más tarde nos dormimos, asevera el "Chama". 

Al día siguiente, que bajamos mi pareja y yo, observamos a mi amigo con su novia, solamente recorrimos unos ciento cincuenta metros hacia el “Puente de las Gradas” en Pueblo Nuevo. Cuando de pronto, un chico que venía en dirección opuesta a nosotros y que paso a la par, gritó fuertemente: ¡Acaban de matar a un muchacho allá arriba! Como no había llegado “la ley” (la policía); yo me regresé y me acerqué al cuerpo para saber quién era, fue entonces, cuando descubrí que era “La Mafia”. Le cortaron la cabeza, las manos y le sacaron las tripas, describe “Andrés Pedro”.         

El asesinado era “Moisés”, conocido como “La Mafia”, el amigo de “Andrés”, con el que había repartido compañía, platica y narcóticos la noche anterior en el “Río Cochino”. “Cuando lo vi, yo sentí un dolor muy feo, un punzonazo en el corazón, porque él era amigo mío. Tres noches seguidas soñé con “La Mafia” y sentí que me salía por todos lados”, asegura “Pedro” asustado.  

“Andrés Pedro”, tiene ahora 16 años y hace tres años y medio que vive en las calles. Se fue de su casa ubicada en “Pilas” porque su tío le pegaba mucho. “En la casa siempre hubo balaceras. Yo me metía en el cuarto apenas escuchaba el primer balazo”, narra “Andrés”. 

Ahora el "Chama" se instaló en la ciudad de “los mangos” porque no tenía familia: la mamá, traficaba con drogas (crack, cocaína, marihuana, “piedra”, “perico”) y murió hace un año y medio; de cirrosis. El papá no lo conoció nunca. Su abuela y tío se hicieron cargo de “Pedro” un lapso de tiempo, pero luego, comenzó a ir de un lado para otro. Él es el menor de sus tres hermanas: “Abigail”, “Eva” y “Lidia”.

“Hace mucho tiempo robé por primera vez un teléfono celular que estaba colocado dentro de un carro. Por la droga atraqué, ya que vendí el móvil y compré más marihuana”, cuenta “Andrés”.  

La ilusión de este chico se aviva cuando el reloj va a dar las seis, pero se apaga cuando el reloj marca las nueve. Los minutos que transcurren entre el cuido de uno y otro vehículo, depende del dueño del automóvil, en ocasiones la duración es de quince minutos, media hora, cuarenta y cinco minutos y a veces hasta una o más horas. 

Los automovilistas por lo general, le observan con angustia, su risa ruidosa, por el efecto, de la marihuana y el alcohol, su mirada distante de la realidad que le rodea y su energía incontrolable cuando se desplaza de un sitio a otro, razón por la cual, le dan trescientos, cuatrocientos y hasta mil colones por su oficio (medio, uno o dos dólares). 

A cada instante, “Pedro” se acerca rápidamente a la ventana de los autos, que pasan cerca de él, para ofrecerles a los conductores, sus servicios. No obstante, él comenta, que los policías que por ahí pasan, lo molestan, por lo menos cuatro veces en su tiempo de trajín. Me gritan: ¡Vete de aquí! y yo les contesto: ¡Estoy cuidando los carros!

La desesperanza es evidente en el rostro de “Chama” cuando en la ventana de algún vehículo, el conductor que, en ocasiones no tiene la conciencia de los “jóvenes mendigos de afecto”, le dice: ¡No quiero que cuides mi carro! ¡Muchas gracias! 

No imagina, por todo lo que debe pasar “Andrés” para seguir existiendo acompañado de la soledad, el frío y a veces hasta de alucinaciones. En aquel momento, el chico se retira, agradece y sin un colón en la bolsa, trata con otro cliente, mientras el automóvil Toyota 4 x 4 se aleja con dirección al centro de la provincia. 

“Depende de las partes en las que cuide carros es donde me pagan mejor”, indica “Pedro”. Hay veces que no gana nada y otras que hasta le regalan más dinero por su quehacer. Por ejemplo, en las cercanías de “Pollos Papi”, ubicado en la ciudad de “los mangos”. 

Hoy, “Chama” solo recibió nueve mil colones (dieciséis dólares), evidentemente es insuficiente para ustedes lectores, a pesar de eso, los nueve mil colones los utiliza para comprar un litro de leche, pan y un jugo de naranja.

Como la escena de una película de terror, comienza a hacer mucho frío, y si bien, el jovenzuelo cuidacarros tiembla, no es razón suficiente para darse por vencido y permanece en su labor; aguarda pacientemente que aparezca otro vehículo para continuar laborando, un arduo oficio, con ilusión. 

Repetidamente, su inocencia, sencillez, y sonrisa, llena de esperanza. Otra vez, el rechazo, la indiferencia y el desaliento.       

Han transcurrido tres días y Andrés no se encuentra en sus sitios habituales, ya que, me dijo lo siguiente: “Los domingos no trabajo me divierto jugando bola todo el día”. 

En contraste, sus camaradas como él los llama, luchan por obtener mayores ganancias con sus servicios, sacando partido porque ese día el “Chama” no llega a su quehacer cotidiano. 

El incansable “Chama” piensa que sus compañeros tal vez le colaboren con la “harina” (dinero) cuando regrese. 

Sin embargo, en esta sociedad donde el dinero no alcanza, donde se hace un triple esfuerzo para laborar, más en la realidad de este oficio, donde cada uno de los ciudadanos se queda sin empleo; hay que poner en duda que la “harina”, como dice el “Chama”, que adquieren chiquillos en las mismas condiciones, se la concedan. 

Luego de tres días de ausencia, desaseado, más sudoroso, y fatigado que de costumbre vuelve a su lugar de trabajo repitiendo una y otra vez su cruel realidad. 

Con todo, él ya se encuentra habituado expresa “Andrés”, pero no terminan de acostumbrarse sus ojos cansados y ojerosos, su cuerpo enflaquecido por las drogas y la mala alimentación. 

La faena lo consume poquito a poquito, puesto que, no duerme casi nada por el consumo diario de la marihuana y el licor. 

A veces no se alimenta porque: “Cuando hay harina, como pan, cuando no hay harina, no como nada”, afirma “Pedro”.   

En una ocasión le pregunté: ¿qué le pediría Andrés al presidente de la República, Carlos Alvarado para todos los “jóvenes en riesgo social” que trabajan diariamente en las calles del país? Acalló su sonrisa estrepitosa, inclinó su cabeza e hizo un breve silencio… “Que ayude a todos los jóvenes a salir de las drogas como sea posible, y los ponga a trabajar y a estudiar”, me exterioriza y simultáneamente mueve su cabeza de un lado a otro, con una mirada pensativa. 

Es sorprendente que un chiquillo como él posea una de las dos virtudes más hermosas en todo ser humano; el amor al prójimo y la solidaridad, para circunstancias tan peligrosas como las que atraviesa regularmente.

Finalizando, es importante exponer que son innumerables las niñas y niños de la calle que deben cuidar carros, vender flores o chicles para subsistir en este universo de privaciones de afecto, educación y de justicia, en la que no se respetan todos y cada uno de los derechos humanos elementales de los “jóvenes en riesgo social”. Todas las partes involucradas deben contribuir con un granito de arena para entregarles un planeta mejor y colmado de oportunidades.

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SOCIALES

Fuente: Asociación Costarricense de Rescate Animal.

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